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Margaret Mead (1901 – 1978)
Categoría: Grandes Mujeres/Mujeres que hicieron historia
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Grandes Mujeres/Mujeres que hicieron historia

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Margaret Mead (1901 – 1978)




A escala humana



Baluarte de la antropología, Margaret Mead se convirtió primero en best seller y luego en líder de opinión. Vista por el público norteamericano como una personalidad romántica y exótica, sus viajes al Pacífico del Sur aún son una leyenda, así como su travesía intelectual y sus controvertidas posturas respecto de la sexualidad y la marihuana. En 1968 la eligieron “Madre del Año”.




Por Pablo Marín





Nacida en Filadelfia, Margaret Mead se casó tres veces y se divorció otras tres, pero siempre conservó el apellido de su padre, un economista cuáquero que enseñó en la Universidad de Pensilvania. Incluso su tercer marido, Gregory Bateson, figura destacada de las ciencias sociales en el siglo pasado, debió resignarse a ser conocido como “el marido de Margaret Mead”.



Por esa y otras razones, no extrañaría ver a esta celebridad de la antropología encasillada en alguna rama del feminismo. Pero aunque de allá la reclaman, a ella no le gustaba esa palabra: se consideraba a sí misma “femenina”, sin más. No en el sentido coloquial de la palabra, sino en el que envuelve todas y cada una de las facetas de ser mujer. Y de ser humana.



El prodigioso currículo de Margaret Mead la muestra vinculada a la etnografía, la educación, la sicología adolescente, el medioambiente, y una larga fila de etcéteras. Sobre todo después de que se convirtiera en figura del debate y la controversia públicas en EE.UU.; interrogada acerca de todo y siempre con una opinión o una pieza de análisis para ofrecer. Publicó 39 libros, 15 de ellos en colaboración, y su bibliografía total suma más de 100 páginas.



Sus biógrafos, que no son pocos, atribuyen su fecundidad editorial y su variedad de intereses a una meta que sólo puede entenderse asomándose al conjunto de su pensamiento y de su acción: llegar a conocer a la especie humana, entender su desarrollo y apuntar a una mayor racionalidad en las estructuras sociales. Pero este esquema biensonante no le impidió ganarse varios detractores. En algunos casos fueron colegas suyos quienes objetaron problemas de procedimiento y/o conclusiones erradas. En otros, fueron ciudadanos de a pie o autoridades políticas quienes le reprocharon permisividad o fomento del libertinaje.


“Es una pena que no seas un niño: habrías llegado lejos”, escuchó alguna vez Margaret de labios de su padre. No se sabe si éste se lo dijo en plan de “sicología inversa”, pero la hipótesis no es descartable. Nacida el 18 de diciembre de 1901, la mayor de los cuatro hijos de Edward y Emily Mead, se crió en un ambiente progresista para la época y el lugar donde vivía. La expresión “ciencias sociales”, que escuchó muchas veces de niña, hace un siglo no tenía ni lejanamente el sentido o la importancia concedidas hoy.




Cuando no asistía a la escuela –cuestión nada infrecuente-, era objeto, junto a sus hermanos, de clases caseras a cargo de su madre. Esta última pensaba, además, que los niños en general debían aprender habilidades y oficios varios, por lo que los suyos aprendieron música, tallado, cestería, dibujo y pintura. Todo, a cargo de artesanos de los distintos lugares donde vivió la familia.




Sin duda esta organización de la vida familiar –y valoración de la cultura material- incidieron en el interés de Margaret en la sociología y, particularmente, en la antropología, la naciente ciencia que buscaba estudiar la realidad humana, a través de la enmarañada trama de sus aspectos biológicos y sociales. As;i que partió a estudiar en la Universidad de Barnard. Allí, bajo el alero del profesor Franz Boas y su ayudante, Ruth Benedict –que serían clave en su vida profesional y personal- desarrolló una visión muy propia de la naciente disciplina.




Alumna aventajada, debió enfrentarse al terminar sus estudios en Barnard –que complementaría años después con un doctorado en Columbia- a una decisión fundamental: cuál es el lugar más fértil para efectuar una investigación de campo, mediante el estudio de sociedades o grupos “primitivos”. Esto es, que han vivido al margen de la corrientes civilizatorias y que no se rigen por las pautas de la historia –sin palabra escrita, por lo tanto-, sino que viven en función de esquemas míticos, donde los orígenes se confunden con el presente.




Boas le ofreció estudiar a adolescentes de pueblos nativos de EE.UU., pero Margaret, que jamás había salido de su país, quiso partir a Polinesia. Una de los supuestos a partir de los cuales trabajaría, es que llegando a conocer el modo de funcionamiento de un grupo social, era más factible conocer, por contraste, aquel del cual se proviene. Así llegó a Samoa, territorio del Pacífico Sur, parte del cual era –y sigue siendo- territorio estadounidense.




Debió, antes que nada, aprender el idioma y efectuar una serie de observaciones, algunas de las cuales serían catalogadas como un giro “femenino” en la investigación antropológica: la crianza de los niños y su desarrollo en la adolescencia. El propio Boas le sugirió en una carta que observara si había un deseo de independencia de los adolescentes, así como lo había en Occidente. Por qué las jóvenes son tan tímidas, incluso en el espacio íntimo, y –lo más tabú-, a qué se debía las relaciones lésbicas entre las muchachas.




La experiencia enseñó a Margaret que no podía confiar en los cortapalos de su disciplina, que debía estar abierta a lo desconocido y jugar según sus reglas. Además, vio que sus profesores teorizantes no tenían idea de lo que era pasar hambre, enfermarse, deprimirse, enfrentar el acoso de un oficial borracho o ponerse en el lugar del otro a quien se investiga. Los resultados de la investigación, en tanto, la lanzaron a la fama: su libro Adolescencia, sexo y cultura en Samoa (Coming of Age in Samoa, 1928) fue concebido como un texto educativo para las masas, y llegó a convertirse en best seller.




Una de las razones de la gran popularidad del libro fue la incorporación de dos capítulos que trataban directamente con las implicancias de sus hallazgos para la crianza de los niños y para el abordaje de las represiones sexuales en EE.UU. En Occidente, anota, estamos “acostumbrados a encauzar los impulsos sexuales por sendas muy estrechas y aprobadas socialmente (…) pero con la luz que nos da contemplar las soluciones de la sociedad samoana, podemos considerar que el precio que debemos pagar por ello es demasiado caro”.




Hubo quienes cuestionaron su “idealización” de la vida samoana, pero esas fueron sólo las críticas amistosas. También hubo de las otras. En cierta ocasión, sus pares en el directorio de la Ymca le reprocharon lo escandaloso de sus publicaciones, calificando su primera obra un “libro de sexo” (queriendo decir “un libro pornográfico”). Años más tarde, el gobernador de Florida, la llamaría “dirty old lady” por su postura proclive a descriminalizar la marihuana. Otro tanto “recibiría” por sus propuestas de pagar a los estudiantes por ir a la universidad, o que se instituyeran matrimonios “de prueba” antes del casamiento legal.




A Margaret Mead no le importaba sacudir el bote. Su preocupación por el tema sexual continuó en libros tan célebres como Male and Female (1948), pero no fue en absoluto su única área de interés ni la única en la que generó controversia.


Aunque llegó a ser embajadora sin portafolio de gobiernos de EE.UU., y a que era frecuente invitada de shows televisivos como el de Johnny Carson, su vida sentimental no fue objeto de mayor escrutinio. Al menos, desde los parámetros mediáticos actuales. A los 22 años se casó con el estudiante de teología Luther Cressman. Soñaba con tener una gran familia, pero su médico le dijo que no podía tener descendencia. No extrañaría que tamaña frustración explique en parte su partida al lejano Pacífico Sur.



Separada de su esposo, se encuentra en Samoa con el psicólogo neocelandés Reo Fortune, a quien había conocido en Europa, y con quien emprende una expedición en 1928. Ese mismo año se divorcia de Cressman y se casa con Fortune. Largas separaciones a causa de la profesión, sin embargo, resintieron la relación, que pareció morir por causas naturales una vez que apareciera en escena el antropólogo británico Gregory Bateson.



Bateson, que pasaría a la historia por obras como Pasos hacia una ecología de la mente, conoció a los Fortune Mead en la Navidad de 1932. Al año siguiente, el matrimonio se consideraba acabado, aunque el divorció sólo se concretó en 1935.



Mead y Bateson se casaron en 1936, en Singapur, y de allí se encaminaron a Bali. En un trabajo pionero para la antropología, captaron más de 25 mil fotos, que usaron como material insustituible de estudio. La pareja se divorció 15 años después pero entremedio Margaret vivió el período más feliz de su vida. En 1939, desafió al destino dando a luz a su única hija, Mary Catherine Bateson, quien a su vez se convirtió en destacada académica. Autora, además, de una memoria sobre sus padres: With a Daughter’s Eye.



Con su metro cincuenta y algo más, la estatura de Margaret Mead en el mundo intelectual se desbordó hacia la discusión pública y los acalorados debates de los ’60. Aun si le reprochaban pintar el mundo primitivo con una pureza ingenua, esta experiencia sirvió a la antropóloga para convertirse en pionera de los “temas globales” y de la necesidad de comprensión entre las distintas culturas.



Feministas y hippies quisieron convertirla en vocera, pero lo normal era que ella rechazara toda ortodoxia. Pese a sus posiciones “de vanguardia”, no dudó en afirmar que “las mujeres quieren hombres mediocres y los hombres trabajan duro para ser tan mediocres como sea posible”. Y respecto de la vida comunitaria defendida hace algunas décadas, se limitó a decir que “no importa cuántas comunidades se inventen, la familia siempre regresa”.



Pese al halo “progre” que la envolvió, fundado en frases como “Creo que la heterosexualidad extrema es una perversión”, la revista Time la nombró Madre del Año en 1968. Y el gobierno de EE.UU. hizo otro tanto en 1979, al concederle la Medalla Presidencial de la Libertad. El reconocimiento, sin embargo, llegó algo tarde. Margaret Mead murió de cáncer el 15 de noviembre de 1978. Uno de los epitafios posibles lo dio uno de sus alumnos destacados, su colega Conrad Phillip Kottak: “Era una mujer menuda, solitaria, audaz y determinada que viajó a lugares remotos, vivió con los nativos y sobrevivió para contarlo”.



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