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Marcela Serrano:
Categoría: Grandes Mujeres/Mujeres en el arte
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Grandes Mujeres/Mujeres en el arte

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Marcela Serrano:
El camino hacia “Mi Monasterio”

No necesita andar por ahí husmeando historias o personajes: En su cabeza siempre se están urdiendo dos o tres tramas que ella más tarde transformará en novelas. Tal vez por eso ha confidenciado que con lo vivido podría tener material para el trabajo literario del resto de su vida. Cuando escribe precisa de quietud y silencio. Con ellos, en una cabaña propia, construida en el campo de su madre en Mallarauco, lleva cuatro meses recluida escribiendo la novela que publicará en 2006. Eso, mientras paralelamente concibe su nuevo espacio para crear, un confín literario en un terruño en Quillota.

Marcela Serrano ha tenido un buen regreso. Dejar de ser la mujer del embajador es de las cosas que más le gusta de volver a Chile, después de haber acompañado a su marido, el socialista Luis Maira, durante los seis años que estuvo a cargo de la Embajada de Chile en México.

Basta llamar por teléfono a su nueva casa -una construcción de tres pisos, ubicada en la Avenida Pocuro, en la comuna de Providencia- para darse cuenta de que todo ha vuelto a su centro. Si uno pregunta por Maira, la nana responde: “No, él no vive aquí, llámelo al tercer piso”. Si se pregunta por ella en el tercer piso, la respuesta es: “Marcela no vive aquí, por favor llámela al primer piso”. La pareja retomó en plenitud el modelo de vida por el que había optado antes de partir a México, cuando inició su unión en 1986. Ese año se instaló en una casona de la calle Manuel de Salas en la comuna de Ñuñoa y como ambos habían tenido experiencias maritales anteriores, la apuesta fue por marcar claramente territorios para tener mejor calidad de vida. En el primer piso viviría ella con sus hijas, Elisa, hoy de 21 años, nacida de su unión con el escritor Antonio Gil; y Margarita, de 16, fruto del matrimonio con Maira, una joven que ya muestra buenos dotes de escritora, eso sí que por derroteros de la literatura fantástica, a la que el Ministerio de Educación de México ha comprado para distribuir en bibliotecas nada menos que 50 mil libros de uno de sus cuentos. Él, por su parte, se instalaría con sus libros y su mundo particular, incluido el de político del PS, en el segundo nivel de la casona.

La fórmula se mantuvo así por años: El mundo femenino abajo y el masculino arriba, con visitas alternativas de ambos arriba o abajo, manteniendo en común sólo la nana. La idea fue dejar que la vida en común fluyera a través de las coincidencias, evitando esos triviales desencuentros cotidianos que a veces marchitan tanto la vida de las parejas. Que ella no tuviera que enervarse, por ejemplo, con los pelos de la afeitada matinal que él pudiera dejar desparramados en el lavamanos o porque olvidara bajar la tapa del excusado. Y dándose tal vez la posibilidad de que mientras en la casa de abajo discurriera la vida más familiar con los niñas haciendo tareas o jugando, ellos pudieran tener la opción de hacer el amor a la hora de la siesta, como Marcela ha declarado que le gusta.

En México, en la residencia de la Embajada, no hubo piso de arriba y de abajo. Marcela, eso sí, escogió personalmente la nueva casa que allí alquilaron, porque la que ocupaba el anterior embajador a la familia Maira Serrano, con su particular estilo de vida, no le resultó adecuada. Allí, escogió una vivienda con mucho espacio, pero de una sola planta, donde intentó replicar el esquema de la casona de Ñuñoa y la pareja mantuvo, por lo menos, habitaciones y escritorios separados. México significó para ella enormes satisfacciones, más allá de estar en contacto con un mundo y mercado literario vital, también hizo grandes amistades con reconocidos valores de las ligas mayores como Carlos Fuentes, Angeles Mastretta y Elena Poniatowska.

De vuelta en Chile, instalados en la calle Pocuro, los Maira Serrano han retomado en plenitud la vida que iniciaron en la casona de Ñuñoa en los años 80, pero en forma más radical. La pareja ahora ni siquiera comparte nana y existe, cosa nada nimia, un piso de por medio entre ambos, el denominado de “las oficinas”. En el primer piso, está la vida de las mujeres (Marcela con sus hijas, acompañada de una nana “puertas afuera”); en el segundo, están “las oficinas”, donde cada uno tiene su despacho independiente; y en el tercero, vive Maira.

Así, en esta modalidad muy propia, las cosas fluyen mejor, porque Serrano y Maira tienen muchos desacuerdos: A él le gusta acostarse temprano y a ella muy tarde, pues lee por lo menos cuatro horas diarias y en especial de noche; él se levanta muy temprano, mientras a Marcela, si no la despiertan, sigue de largo (lo usual es que salga de la cama tipo 10.00 a.m.); tampoco les gusta la misma comida, por lo que cada uno se cocina y va al supermercado por separado. Maira es muy buen gourmet, le gusta la comida más elaborada y es capaz incluso de elegir estragón fresco para preparar una receta; ella, en cambio, es más práctica, no se complica la vida y está feliz con unas hamburguesas Patty, comprando en el Telemercado, elaborando comidas ligeras.

Pero también hay muchos puntos de encuentro. Ambos tienen buena conversación y pueden estar hasta cuatro horas seguidas en eso. Les gusta salir juntos y hacer viajes compartidos, suelen invitarse alternativamente a cenar a sus respectivos departamentos, salen bastante a comer y realizan vida social invitando o yendo a visitar a amigos. Eso sí, cuando los amigos vienen donde los Maira Serrano, por lo general el ágape se realiza en el departamento de él y el aperitivo en el de ella.

Fue hace cuatro meses. Marcela sintió que la novela que tenía en la cabeza ya estaba madura. Ya había pasado, como acostumbra, muchos meses tomando apuntes en esa libretita que lleva siempre consigo en la cartera y que saca en los momentos menos pensados, mientras se traslada de un lugar a otro, o comparte con amigos. Porque Marcela siempre está acopiando impresiones.

Tomó entonces las providencias que acostumbra cada vez que se va a sumergir en el proceso creativo de escribir un nuevo libro: Ubicó a esas nanas de la familia que todo lo solucionan y les pidió que se instalaran en su casa por un tiempo; les dio las instrucciones pertinentes para que la casa funcionara como si ella estuviera presente, agarró su computador de última generación, del cual no se separa –un Vaio, Sony, que se compró en Nueva York- y partió hasta Mallarauco, a una hora de Santiago, al campo de su mamá, la escritora Elisa Serrana. Es que en Santiago, ella, que es una mujer muy hogareña, organizada y comprometida con su familia, no puede conseguir la paz que requiere para parir una historia.

Desde mayo está instalada allí, en Mallarauco, en una casita propia, cercana a la vivienda de su madre, para verter esa novela que le ha estado dando vueltas desde hace dos años. Desde entonces ha permanecido aislada, en silencio, que es como le gusta estar para crear un libro. Sólo realiza esporádicos viajes a Santiago una vez a la semana para dar una vuelta al funcionamiento de la casa. La va a buscar Luis Maira o se traslada acompañada de su chofer -un gusto que ahora que se ha consolidado se puede permitir-, porque a Marcela eso de conducir un automóvil sencillamente no se le da. Pese a haber hecho varios intentos iniciando algunos cursos, ese ya es un tema superado.

Durante el tiempo que dedica a escribir ni siquiera hace llamados telefónicos a sus hijas (ellas no se inmutan, tienen incorporado este sistema de distanciamiento y saben, como dice un conocido, “que la mamá está igual al alcance de la mano y el relevo lo toma entonces el papá”): Nada de teléfonos ni celulares, menos correo electrónico. Su sistema de trabajo es muy disciplinado: Se levanta a las 9.00 de la mañana, y tras servirse algo para desayunar, comienza revisando los textos que escribió el día anterior. A las 13.00 horas hace un alto, cruza el parque de paltos que la separan de la casa de su madre y almuerza con ella. A las 15.00 horas está de regreso, sentada en el grueso escritorio, instalado frente a un ventanal, para continuar la historia que el día anterior dejó inconclusa. Se acompaña por música clásica o New Age, pero a veces sólo prefiere el silencio. Bebe mucho café en grano y fuma empedernidamente (antes consumía Hilton, pero en México se cambió al Marlboro, elaborado allí, que trae o consigue como puede). A las 21.00 horas concluye el trabajo, se prepara algo para comer y se echa a la cama a dormir. Otra maña: Ella que es lectora voraz, en esta etapa creativa deja absolutamente los libros.

Así permanecerá hasta que concluya su actual novela. Pero antes de publicarla el próximo año, dedicará varios meses a pulir ese trabajo, proceso para el que no requiere aislamiento y suele hacer en su oficina. Entonces, probablemente recurrirá a algunos de sus más frecuentes consejeros. La primera versión de la nueva obra en ciernes será leída por Maira (tal como hacía su madre escritora con su papá, pasándole sus escritos para que éste opinara); por su hermana Paula, que es psicóloga y suele hacerle comentarios sobre la coherencia de los personajes, y por algunas amigas muy cercanas, cuyo nombre mantiene en absoluta reserva.

Las dos novelas que escribió durante su estadía en México (Nuestra Señora de la Soledad y Lo que está en mi Corazón) las hizo con idéntico método. Como allí no tenía el espacio de Mallarauco, arrendaba una casa en las afueras, hasta donde partía acompañada por una nana que tenía desde su infancia. Ella se ocupaba de tener todo a punto, de modo que no tuviera excusa alguna para desconectarse.

Aunque Marcela escribía desde pequeña, su vida de escritora comenzó tardía, a los 40 años. A los diez años hacía comics que le regalaba a su hermana menor, la historiadora Sol Serrano; y entre los 14 y los 16 escribió a mano algunas novelas, entregadas en cuadernos y por capítulos a sus hermanas y amigas, quienes las devoraban. “Eran novelones de amor intensos y geniales”, recuerdan algunas conocidas. Era una época en que las cinco hermanas Serrano (Elena, actual directora para América Latina del Banco Mundial; Margarita, periodista; Paula, sicóloga; y Sol, historiadora; además de Marcela) pasaban largas temporadas estivales en “Los Remolinos”, un fundo del padre ubicado al interior de Chillán.

La imagen que tienen del lugar las amigas que pasaban allí las vacaciones, todas compañeras del Villa María donde estudiaban las Serrano, es la de un ambiente poco tradicional para la sociedad de la época. Lo mismo sucedía en la casa de la calle Bucarest en Santiago, donde las jóvenes se reunían en una gran mansarda con sus amigos. Era una casa en la cual la madre, Elisa Pérez Walker (una escritora audaz, que se inició en el mundo de la literatura ya casada, en los `60, haciéndose llamar Elisa Serrana, en honor al apellido del marido, 30 años mayor que ella), pasaba días enteros encerrada escribiendo. En 2002 fueron reeditadas tres de sus novelas más importantes bajo el título de Obras Selectas. Fue también una oportunidad para homenajearla y reivindicar la calidad de su trabajo, pues en 1987 sufrió una trombosis cerebral que la dejó imposibilitada para escribir. “Tu llegabas a Los Remolinos y el papá, un ingeniero que estudió fuera de Chile, pero acá derivó a agricultor y ensayista, te preguntaba “¿qué vas a querer leer?”, cuenta una ex compañera de colegio. Allí ofrecían libros como quien ofrece una taza de café. Había una atmósfera literaria, de conversación, que hacía que las horas de comida o las del té fueran muy entretenidas. Era un ambiente propicio para crear. Una casa en la que la gente era oída: “Había una onda estimulante”, comentan las amigas.

Aunque Elisa Serrana tenía con Marcela y sus hijas una relación muy de amigas -incluso no le decían mamá, simplemente la llamaban Eli- ella nunca reparó en el talento literario de su hija y, por eso, no fomentó su vocación literaria. En el mundo intelectual en el que los Serrano se movían, todas las manifestaciones artísticas resultaban bienvenidas, y como Marcela destacaba en el colegio por su capacidad para el dibujo y la pintura, simplemente nadie oyó en ella la voz de su pluma, que dormitó por mucho tiempo, postergando el inicio de su etapa creativa varias décadas.

Porque ella se metió de lleno en el mundo artístico, ingresando a estudiar diseño. Fue una muchacha precoz de los `60, e hizo todas las opciones que en aquellos años hacían los sectores más avanzados. Inmersa en las artes visuales mucho tiempo, en los `70 fue una de las mujeres más destacadas de la vanguardia, como la calificó Milan Ivelic, con sus propuestas rupturistas de Body Art, (en las que ella misma se “usaba en una proyección social”), junto a Loty Rosenfeld. Eran sí expresiones que en su familia poco comprendían, aunque la apoyaban de manera solidaria. Durante los años que se dedicó al arte visual, toda la familia visitaba religiosamente las exposiciones en las que Marcela expresaba sus “autocríticas”, como ella las denominaba, que incluían incluso su desnudo, y pintarse el cuerpo, así como tomas fotográficas de esta avanzada apuesta. Comprometida siempre políticamente, si en su juventud militó en el MAPU, hoy lo hace activamente en el Partido Socialista.

La mayor cercanía con la madre se ha dado en esta etapa de la vida, cuando Elisa, rehabilitándose de a poco, ya está lejana a la escritura. Marcela se inicia como escritora cuando la madre escribe su última novela. Tal vez por eso ha comentado que “el acto de sentarme a escribir fue una gran imitación”. De alguna manera se da un pase de antorchas inconsciente de madre a hija, y Marcela las toma con una vitalidad asombrosa: Seis novelas ha escrito ya desde 1991, cuando publicó su primera obra Nosotras que nos queremos tanto. Es sólo a inicios de los `90 que surge la escritora. Cuatro años antes, en 1986, había escrito unas 150 páginas de lo que más tarde sería la primera novela, pero las había guardado, hasta que, en 1990, las desenterró y comenzó a escribir en forma compulsiva hasta concluirla. Desde entonces no ha parado.

Tal vez de esa costumbre de encerrarse para escribir que tenía su madre le viene a Marcela esa necesidad de aislarse que ha llevado a extremos físicos. Puede que sea otro “acto de imitación”. Sólo que ella lo ha podido hacer a sus anchas. La carrera tremendamente exitosa que ha desarrollado se lo permite, con sus libros editados ya no sólo en el mundo hispanoparlante sino en varias otras lenguas, con una de sus novelas (Antigua Vida Mía) llevada al cine y con varios premios internacionales encima, entre ellos resultar finalista del Premio Planeta (1991).

Crear y armar nuevos espacios para concebir literariamente como le gusta, arropada de paz y silencio es su deseo. Y por eso se ha comprado un terruño en Quillota, con una casa que ocupará en el futuro como refugio y morada creativa al que ha bautizado “Mi Monasterio”. Un terreno con 800 paltos, en el que hay una casa antigua, que está refaccionando, llena de enormes ventanas con vista a un parque.

Actualmente está en proceso de reunir los muebles necesarios (una de sus pasiones poco confesadas es que suele ser compulsiva en su compra, tanto que desde México trajo hermosas piezas que ha distribuido en los distintos lugares que habita) para vestir ese confín creativo.

Allí, en “Mi Monasterio” probablemente Marcela terminará de pulir su última obra, cuya temática guarda bajo siete llaves, pero tendrá como siempre esa mirada desde la mujer de carne y hueso, como ella ha optado para concebir su literatura. Hasta allí se trasladará con sus gatos regalones que trajo desde México, Maximus y Sebastiana y con el perro cocker espaniel Hamlet y los perros labradores Pink y Floyd. Y puede que en este momento, en los escasos ratos que se da para descansar mientras hila la trama del libro que podremos leer en 2006, esté soñando un poco con esa bucólica imagen de la escritora sumergida en el silencio campestre de Mi Monasterio”.


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